Una caja para vivir

Griselda Benavides

Querida Gris:

Me da gusto saber de tus empresas diminutas, no me queda ninguna duda de que tenemos un interés en común y podríamos hablar de ello durante horas. Me gustaría decirte que tengo un conocimiento profundo sobre las pequeñas cosas pero buscar en internet sólo sirve para acumular datos curiosos.

Podría hablar sobre lo que he aprendido acerca de los modelos arquitectónicos y las notas bárbaras que escriben los arquitectos como “las maquetas, como la mayoría de las representaciones a escala, se utilizan como una herramienta de comunicación” o “un buen maquetista ha de poseer motricidad fina, ser minucioso y pulcro en su ejecución y mantener un carácter ordenado y metódico”.

Podría escribir sobre las maquetas militares que resultaron de una extensión estratégica del conocimiento geográfico volcado en mapas y demostraron ser verdaderamente útiles para la defensa e invasión de los territorios -¿Has estado viendo Game of Thrones como yo?-.

Podríamos pensar que la maqueta, para la ciencia, es el ensayo a menor escala para la puesta en marcha de proyectos mayores y que encierra un problema, ya que la teoría antes de la práctica es posiblemente inaplicable a menos que se dupliquen con fidelidad todas las condiciones de la realidad.

O quizá debamos remitirnos a un caso más dulce en el arte medieval de las miniaturas, también llamadas iluminaciones: pequeños cuadros con fines devocionales que reúnen una gran cantidad de detalles para una extensión reducida.

Pero es probable que esa información no sea suficiente para hablar de lo que haces, al fin y al cabo se siente demasiado grande y creo que deberíamos hacernos más pequeños. Lo que nos concierne tiene que ver con la educación visual no formal que adquirimos en la infancia.

Dejando de lado la influencia que produjo en nosotros la gran cantidad de anuncios comerciales que vimos en nuestros primeros años, y pasando por alto que el plástico es un elemento omnipresente que definirá la cultura material de nuestra época, hay algo que quería compartirte.

Hace unos días te pregunté si eras hija única o si habías pasado mucho tiempo a solas de niña. Lo hice a propósito de algo que he investigado y he comprobado revisando los recuerdos que tengo de mi tiempo de juegos.

Dicen que la imaginación es una facultad relacionada a la figura materna. Al parecer cuando nos vamos separando de nuestra madre y dejamos de necesitar sus cuidados, cuando aprendemos a pasar tiempo solos, ahí desarrollamos la imaginación. Más que una sustitución, es una transformación importantísima para los individuos y requiere de la soledad. Dicha habilidad está íntimamente vinculada con la independencia y la ejercitamos principalmente en el juego. Es maravilloso, ¿no te parece?

Cuando veía tu trabajo más reciente no dejaba de pensar en Gonzalo Fonseca, un artista uruguayo que de seguro conoces. Fue discípulo de Torres García y murió cuando tú y yo apenas éramos unos bebés.

A Fonseca le gustaba esculpir en piedra. Dicen que usaba ese material como una forma de hablar sobre los primeros tiempos de la humanidad. Le interesaba el momento de la historia en que dejamos de vivir en cuevas y construimos nuestras propias para llamarlas habitaciones.

Este artista trataba el mármol de forma que transmitiera la tensión que existe entre lo geológico y lo arquitectónico. Si observas sus obras parece claro que pretendía encontrar los orígenes de la civilización en portales, escaleras y columnas talladas con precisión en bloques de piedra caliza y arenisca. Fonseca buscaba crear espacios imaginarios en objetos que tenían una escala inhabitable.

Hay una sensación que me provoca ver las piezas del escultor. No estoy seguro si ha sido registrada como una preocupación del creador pero cuando veo las esculturas me parece que fueron hechas para mis dedos: imagino pasillos enteros para que mi índice y su compañero den pasos descalzos sobre la piedra fría y se encuentren con otras manos que decidieron visitar la locación. Esto debería de parecerte familiar, me pregunto si la advertencia de no tocar las obras de arte tiene algo que ver con el abuso que hacemos de nuestros ojos en los museos.

En uno de mis ensayos favoritos, convenientemente titulado Sobre la grandeza, Abraham Cowley confiesa que ama la pequeñez por encima de todas las cosas. Para su vejez desea una pequeña casa en una pequeña propiedad con muy poca compañía para celebrar un pequeño festín y añade que si volviera a enamorarse —una gran pasión que espera no volver a vivir— sería con una persona bonita antes que con una belleza majestuosa.

Tengo que dejarte porque me esperan muchos quehaceres y quisiera dejarte con muchas imágenes pero es mejor que te cuente una estampa, justo de este momento, mientras escribo este texto tengo la sensación de tener los dedos demasiado grandes para el teclado del teléfono y me da algo de miedo dejar pasar un error.

Te deseo la mejor de las suertes en tu exposición.

Con cariño,

Alkan

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